Almagro, siempre

Apenas doce meses no han sido capaces de borrar la imagen de un Almagro pretérito. Y vuelve el verano. Aunque ¿acaso no son fértiles en sorpresas las cuatro estaciones que en esta ciudad se festonean tan delicadamente? Es falso que haya que esperar al mes de Julio para vivir el embrujo de sus noches, cuando también durante el día es mejor dejar enfriar los corazones del arrebato nocturno.

Pero no es la ciudad de Almagro como esa novia olvidada que, una vez al año, sale a pasear para distraer su hastío y remediar su desesperación. De ninguna manera merecería Almagro ese papel de pieza de museo que, a fuerza de cuidarlo, ha de hurtarse a la curiosidad pública. Muy al contrario, la ciudad de Almagro sólo tiene de pieza de Museo el valor de lo permanente, no la fragilidad de lo fugaz. No puede no debe conformarse la ciudad con la mirada atenta y sorprendida de quien, acaso, es capaz de despreciar aspectos interesantes e insólitos a partes iguales. Y digo esto porque, un año más ha vuelto la magia a la ciudad de Almagro. Aunque, acto seguido tendremos que explicar que Almagro ya existía mucho antes de que tan sólo hace una treintena y pico de años se alumbrase el Festival. Y siglos de historia, de arte y de pasiones, no pueden borrarse tan fácilmente con el plumazo de media docena cumplida de lustros de cómicos y dramática. Pero es obvio que si el alma de Almagro está por delante y por encima del Festival, raramente se encuentra un modelo de simbiosis más perfecto.

Porque el Festival ha sido como la reencarnación de la poderosa influencia otrora económica, cultural hoy que la capital calatrava llegó a tener. Por eso, cada año, cuando el Festival se alumbra, cuando las calles se abren de par en par, cuando en sus plazas explosiona el bullicio, cuando en sus escenarios renacen los fantasmas, cuando la alegría se desencajona y el espíritu se embriaga, es fácil olvidarse de algunas cosas. Tal vez por eso convenga a la apresurada visión -que sólo divisa la presencia de las bambalinas, y no el alma que se nos muestra de sus personajes-, reivindicar aquí y ahora un “Almagro, siempre”. Aunque durante el mes de Julio la ciudad reviente de luz y de pasiones, amigo viajero, curioso o experto, incrédulo o enganchado, no permitas que tu visita sea flor de un día. Las piedras, sin el calor de los humanos, son frías. Y al fin y al cabo, esta ciudad no es sólo la rotundidad de sus monumentos… Es también la pervivencia de la cariñosa huella de sus visitantes.

Por eso un año más queremos compartir contigo la canícula del mes de Julio. Para animarte a compartir, en Almagro, naturalmente, unas jornadas de felicidad. Guárdalas en el mejor álbum de tu vida porque, si recordar es volver a vivir, las páginas que este lugar despliega sin pudor, antes, durante y después del Festival, serán sin duda tu mejor resurrección.

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