Almagro en la memoria

Querría contarte, incrédulo viajero, que Almagro representa una oferta única y diferente en cualquier época del año. Pero en verano, mucho más. La cultura del teatro lo envuelve todo. La ciudad del encaje, la berenjena y los calatravos, se nos muestra más viva que nunca. En más de una ocasión he oído decir que Almagro es una ciudad en la que se ha detenido el tiempo. Más allá del término semántico, si por tal se entiende que el pasado sigue siendo una parte importante del bagaje que esta ciudad atesora, consiento. Pero si lo que se está invocando es que Almagro se ha quedado anclada, fosilizada, entonces me niego en redondo.

Ya entenderás la razón, curioso viajero. Porque la vocación de un pasado glorioso, puede vivir aquí en perfecta armonía con la necesidad de abrirse al futuro. Su plaza mayor, Plaza Mayor de la provincia toda y puntera de las plazas mayores que en España son, por fortuna no es manchega, aunque, a decir verdad, tampoco lo necesitaba. Pero es en este contraste, entre flamenco y marinero en medio de la llanura, en donde alcanza su incomparable belleza. ¿Consientes, curioso viajero? Me permito recordarte que Almagro fue nada menos que caja de caudales de España. Es imposible olvidar que desde allí se ponía en valor el mercurio de Almadén, que luego los Fúcares trocaban en ducados de oro para el emperador Carlos, el más grande de los césares españoles, y también el más humilde. Toda su vida combatió, y después de combatir, aún tenía que luchar para pagar lo que la guerra le costaba. Desde entonces y también antes de entonces la ciudad lo ha resistido absolutamente todo. Hasta la historia, injusta a veces con la ciudad. Y sigue resistiendo sin pedir nada a cambio. Y sus calles siguen siendo discreto testigo de mil historias cotidianas, que cuando se alumbra el festival, en las evocadoras noches de julio, se hacen universales y mágicas. ¿Vas entendiendo, estupefacto viajero?

Y es que Almagro le debe mucho al festival, que congrega cada vuelta completa del calendario a los cómicos, a los amantes de los cómicos y a los aprendices de cómico de medio mundo. Aunque, bien pensado, también el teatro y la farándula están en deuda con la capital de Calatrava. Porque ¿podrían haber encontrado un mejor escenario? Ni tan apropiado, ni tan noble, ni tan grande, ni tan exquisito… De modo que allí caben los poetas, caballeros y mercaderes… los locos, guerreros, enamorados, novicias y arpías… los esclarecidos, recelosos, donjuanes y altivos… los místicos y paganos… buscadores, ególatras, soñadores, dadivosos, especuladores… los intransigentes y generosos… los sensibleros, desahogados, apasionados, héroes y devotos… los irrepetibles, indeseables, insatisfechos, los románticos y materialistas… los indecisos, incombustibles, inasequibles e incomprendidos… los inmortales… Todos. Por eso, Almagro, la de Calatrava, no existe. O mejor aún, existe de manera diferenciada, en cada uno de los corazones que la contemplan o la sueñan. Tanto es así, créeme, entusiasmado viajero, que allí puede uno toparse con un embozado de Lope en el callejón del Villar, o donde el Museo del Teatro amordaza y reverdece a sus personajes… O sentirse envuelto en el halo de espiritualidad, que emana de sus múltiples y singulares iglesias y conventos. O aprisionarse por la atmósfera del Hospital de San Juan, en donde de nuevo han comenzado a bullir sus fantasmas.

En todo caso, es imposible resistirse en Almagro a pesar de tanta espiritualidad como se atesora empero, a algunas tentaciones. Como la de la ermita de San Juan, felizmente recuperada, o la Plazuela del Corto, a su lado, lugar favorito de judíos y sinagogas. La adusta solidez del palacio de los Fugger (aquellos castellanizados Fúcares), el Palacio de Valdeparaíso o el Palacio Maestral, que definitivamente se metamorfoseó en Museo Nacional del Teatro, por real ordenanza y expreso deseo de su dueño, el Ministerio de Cultura. Decíamos que Almagro lo resiste todo. El paso del tiempo por su feria de agosto, quizá una de las ferias taurinas con mayor anecdotario, aquella del legendario “Cagancho”. Almagro, que ya tiene todos los títulos posibles, los blasones necesarios y la nobleza más congénita, es una ciudad predestinada para el encuentro, el consenso, para la convergencia, el debate sereno, las conclusiones importantes, los congresos decisivos, el esparcimiento enriquecedor, la embriaguez espiritual… Pero también es la preclara ciudad de la berenjena de Almagro, y del tinto y el queso manchego… Y de muchas otras viandas, más o menos autóctonas pero igual de apetecibles, que incluyen su jubiloso y excelente yantar. Que no sólo de teatros y de monumentos vive el hombre.

En esos rincones que es preciso descubrir cada día –y cada noche- y que no caben en este apresurado repaso, Almagro resiste también cualquier comparación, ya lo hemos dicho. Sin renunciar a la gloria de su pasado, con firme y decidido apoyo en su presente, y con indesmayable propósito, la ciudad busca su futuro. Resistiéndolo todo. Perdón… casi todo. Porque hay algo que la calatrava y noble y guerrera y santa ciudad de Almagro no sería capaz de resistir: el olvido. Pero de ese pecado no te creo capaz, amigo viajero.

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