El vino y su cultura (III)

Antes de entrar en el tema del Arcipreste, haremos un breve repaso de la situación en relación con el vino, en el momento de la aparición del “Libro de Buen Amor”. Pasando por alto la historia más remota del viñedo y el vino, a la que ya nos hemos referido, diremos que a la caída del Imperio romano, el vino pierde buena parte de su carácter festivo, para quedar como símbolo religioso que podemos encontrar en pinturas y mosaicos. Paulatinamente a lo largo de la Edad Media va recobrando el vino su prestigio, como inspirador del espíritu y fortalecedor de la salud. La tradición cristiana medieval se apoya a menudo en las palabras de San Pablo, que recomienda a su discípulo Timoteo que beba vino. Y el prestigio de los buenos vinos llega a ser tan grande, que mientras algunos monjes se esfuerzan por condenar los excesos, otros, como Salimbeno de Parma, se dedican a componer himnos báquicos. También de Dante, Petrarca o Bocaccio conocemos bellas páginas dedicadas al vino.

EL VINO Y LA EDAD MEDIA

En la Edad Media, las leyes y los fueros castigaban duramente a los ladrones de uva. Pero también Federico II Barbarroja ordenaba castigar con latigazos a los hosteleros que bautizaban el vino, cortándoles la mano en caso de reincidencia. Por otra parte, la relación de las órdenes monásticas con los actuales vinos es muy estrecha. Especial interés tienen los benedictinos, cistercienses, cartujos, templarios, carmelitas, agustinos, caballeros de Malta, caballeros de Santiago, franciscanos, y más tarde, los jesuitas. Porque el cristianismo destrona al dios Baco, pero aporta una legión de santos protectores de la vid y del vino como San Vicente mártir, San Goar, San Urbano, San Killian, San Gualtier de Pontoise, San Morando, San Roque… Las comunidades religiosas es bien sabido que juegan un importante papel en la repoblación y cultura de los viñedos, cuyo fruto les era imprescindible para celebrar sus ritos religiosos. Pero, además, las hospederías de los monasterios acogían a gentes y peregrinos a los que suministraban vino, considerado casi como un alimento insustituible.

Los viñedos se extienden entonces por las cuencas del Duero y el Ebro y el camino de Santiago, y así surgen los vinos de las Ribera del Duero, los de la Bureba, Lerma, Palencia, el Bierzo y las márgenes del Sil, y también en el campo de Castilla, a orillas del Eresma, la Serena y la tierra de Barros. En La Mancha, bajo la protección de las Órdenes Militares de Calatrava, Santiago y San Juan, crece el viñedo en Quintanar, Argamasilla de Alba, Socuéllamos, Manzanares, Daimiel, Valdepeñas -donde las villas nacen rodeadas de viñedos y campos de trigo-, y también alcanzarán renombre los de la Sagra toledana, los elaborados en Esquivias, Ocaña, Yepes, Noblejas, Lillo… Los siglos XII al XIV también contemplan un florecimiento de la vinicultura catalana, especialmente al sur del Llobregat, y en esta fecha se forman los importantes viñedos del Penedés y del Campo de Tarragona.

Los monasterios de Poblet y Santes Creus tienen un decisivo papel en la creación de la vitivinicultura, que se fue perfeccionando al contacto con los vinicultores griegos e italianos, introductores de cepas italianas como la “garnacha”, o griegas como la “malvasía”. Aunque los vinos que se obtienen en la época, son bien distintos a los que hoy se elaboran, como distintos son los gustos del hombre actual. Dicho todo lo cual, nos centraremos en el tema que nos ocupa. Y es que, con el nacimiento y uso de la lengua castellana de Gonzalo de Berceo, en el siglo XIII, nace también la exaltación del vino: “Quiero fer una prosa en román paladino, en cual suele el pueblo fablar con so vezino; ca non so tan letrado por fer otro latino. Bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino”. Un siglo más tarde (1440-1478), Jorge Manrique, a caballo entre el medievo y el Renacimiento, también se ocupará del asunto del vino. Sobre la viuda “que tenía empeñado un brial en la taberna”, leamos: “Hanme dicho que se atreve una dueña a decir mal, y he sabido cómo bebe contino sobre un brial; y aún bebe de tal manera que, siendo de terciopelo, me dicen que a chico vuelo será de la tabernera. Está como un serafín diciendo ya: ¡Ojallá estuviese San Martín a donde mi casa está! De Valdeiglesias s’entiende esta petición y gana por ser d’allí perrochana pues que tal vino se vende. ………… ¡Santo Yepes, Santa Coca, rogad por nos al Señor, porque de vuestro dulzor no fallezca la mi boca! No en vano gozaban de justa fama los vinos de San Martín de Valdeiglesias, Yepes y Coca. Pero retrocedamos nuevamente un siglo.

No fue la templanza en la bebida la principal característica de la Edad Media. Sin embargo, una cierta sobriedad en nuestro país es reconocida por propios y extraños, llegando a hacerse proverbial la frugalidad castellana, frente a los excesos que realizaban franceses, lombardos y tudescos. Ésta es la razón de que escritores y moralistas critiquen con dureza, la intemperancia y la gula habituales en todas las clases sociales. En lugar destacado figura el mordaz Arcipreste de Hita, que fustigó duramente todos los vicios y corrupciones de la época en su “Libro de buen amor”. No entraremos en la intención y el sentido de la obra, objeto de estudio en otro momento y lugar, aunque sí es de destacar el didactismo y la sátira que destila su obra toda. Nos fijaremos, sin embargo, en aquellos aspectos en relación con el vino, cuyo abuso criticó sin ambages nuestro arcipreste-poeta.

No le va a la zaga repudiando la embriaguez de la que hablamos, otro arcipreste, el de Talavera, don Alfonso Martínez de Toledo, que en su “Corbacho o Reprobación del amor mundano”, describe con crueles comentarios “Cómo se debe el hombre guardar de la mujer embriagada”. Sin duda, uno de los grandes pensadores medievales que más se ocupó del vino, fue el genial Arnau de Vilanova, que hacia el año 1310 escribió su famoso libro “De vinis”, publicado en Lips en 1510. Una obra que contiene prescripciones acerca de la preparación y administración de los vinos medicinales, vermut y vino de melisa. En otra obra anterior, “Régimen sanitatis”, Arnaldo glosa los famosos aforismos de la Escuela de Salerno con relación al vino: {“Vina, probantur odore, sapore, nitore, colore, si bona vina cupis, quince F. laudentur in illis: Fortia, formosa, frigida, fresca”.} Pero dejemos estas disquisiciones, para centrarnos en la figura del Arcipreste de Hita, que debió nacer a finales del siglo XIII (hacia 1283). Estudió en Toledo, desempeñó su cargo hasta mediados del XIV -en 1351 ya no figura Juan Ruiz como Arcipreste de Hita-, y unos diez años antes debía haber compuesto su obra. Es éste Juan Ruiz el que, en palabras de Menéndez Pelayo “basta para llenar un siglo literario”. C. Cejador opina, por su parte: “el Greco se queda corto en pintura, para lo que en literatura es Juan Ruiz”.

EL VINO EN EL ARCIPRESTE

En esta parte del Libro de Buen Amor, alude el Arcipreste a su experiencia en la sierra, y sus aventuras con las serranas. Posee un valor simbólico evidente: salida de la ciudad y de los parámetros ético-religiosos del cristianismo y refugio momentáneo en el campo, en la sierra, y en el paganismo para tornar después a la fe cristiana. Lo narrativo y lo lírico no sólo se yuxtaponen externamente, sino que se interfieren. Del mismo modo se entretejen realismo e idealismo. El Arcipreste, en este punto, combina irónicamente lo real y lo ideal, en el ámbito técnico de la parodia. En fin, la presencia de lo popular y de lo tradicional también van a aparecer en relación con el tema del vino. La primera de las serranas, “la Chata”, sale al encuentro del viajero camino de Sotosalbos. Tras amenazas con la cayada y la honda, la vaquera acepta darle cobijo en su cabaña, no sin antes obtener promesas de regalos. “Darte he del pan e del vino”, le dice ella, ofertándole estos productos de primera necesidad y arraigada tradición. El recibimiento posterior no puede ser mejor: {“Diome foguera de enzina, mucho gaçapo de soto, buenas perdizes asadas, hogaças mal amassadas e buena carne de choto; de buen vino un quartero…”. } Tras el ágape, el Arcipreste entiende lo que quiere su anfitriona: “luchemos un rato”, dice eufemísticamente con un claro doble sentido erótico. Hecho del que se disculpa el protagonista con ironía diciendo: “creo que fiz buen barato”.

Con otra vaquera, Gadea, la de Riofrío, también tomará vino nuestro protagonista: “Cenamos los dos juntos. Dije yo: Así se prueba que pan y vino valen más que camisa nueva”. Pero no será tan sabroso el vino que recibe de otra serrana de Tablada, la cuarta, llamada Aldara. La descripción de esta mujer se ajusta a un canon de fealdad femenina, bien conocido en la literatura medieval. El retrato satírico-burlesco, animalizándola e incluso bestializándola, estará en consonancia con su forma de hablar y actuar. Al igual que la anterior, le dará posada y le exigirá un pago a cambio del hospedaje. La enumeración aquí del almuerzo, para enfatizar más la situación, no deja de ser irónica y negativa. {“Diome pan de çenteno, tiznado, moreno, e diome vino malo, agrillo e ralo, e carne salada”.} Los adjetivos utilizados en la descripción, constatan el carácter realista del pasaje.

LAS CUATRO ESTACIONES

En el fragmento en que los clérigos, legos, frailes, monjas y juglares salen a recibir al triunfal Don Amor, se describen los meses del año agrupados de tres en tres, esto es, por estaciones. Los versos de la alegoría de estos meses “se repiten -según María Rosa Lida-, en diferente forma para cada estación; con ellos da a entender el poeta que los meses se suceden sin tregua y no se alcanzan nunca”. El mes de noviembre es el primero en el año litúrgico del rito mozárabe, rito en vigor en la época y en la zona geográfica en la que se mueve Juan Ruiz. Con gran plasticidad y detallismo va haciendo mención de las labores, clima y productos propios de cada mes. De nuevo, la observación de las costumbres de esta época muestran un marcado realismo. Así, habla de cómo en noviembre es preciso dar harina a los animales, que hasta ese momento vivían de pastar en el campo; se comen las primeras nueces; se asan las castañas; se talan los bosques; se deshacen las cabañas de ganado trashumante, o se cuentan cuentos al amor de la lumbre. De diciembre, rodeado de nieblas, comenta la producción del nuevo aceite o la conservación del vino con yeso para aumentar su acidez: “enclaresçe los vinos con amas sus almueças” (propiamente lo que cabe en el hueco de las dos manos juntas), costumbre hoy desaparecida, pero que ha permanecido hasta hace bien poco.

En enero describe, entre otras labores, la costumbre de tratar el vino con la flor de yezgo, especie del saúco: {“…Fazié çerrar sus cubas, fenchirlas con enbudo, echar deyuso yergos que guardan vino agudo…”.} En febrero y marzo, alude a la poda con gran precisión, al injerto, a los “mugrones”, es decir, a los sarmientos que se enterraban para que arraigaran de nuevo. Como bien puede apreciarse, el léxico es rico en tecnicismos de viticultura. {“…Lo más que éste andaba era viñas podar e enxerir de escoplo e gavillas amondar; mandaba poner viñas para buen vino dar…”.} Agosto es la frontera del año litúrgico y agrícola que está terminando de describir, y que concluye con el mes de octubre. En agosto “comía ya las uvas maduras,” comenta el autor a propósito de un labrador que representa este mes. También se trilla, se aventa, se sacuden nogales y se comienzan a vendimiar las parras. La pintura de los meses continúa con septiembre, en el que, con la pisa de la uva y su almacenamiento en cubas, se da fin al proceso de elaboración del vino: {“…Pisa los buenos vinos el labrador terçero, finche todas sus cubas como buen bodeguero…”.}

El carácter didáctico del pasaje contrasta con las ilustraciones que aparecían en grabados, códices, capiteles, esculturas de esta misma época, describiendo las labores propias de la crianza del vino. Citaremos como ejemplo el fresco del Panteón Real de San Isidoro de León correspondiente al mes de septiembre; el capitel medieval de la vendimia en el siglo XII del monasterio de Santa María la Real de Mave, Palencia; el relieve del muro meridional de la capilla de Campisábalos (Guadalajara), en el que aparecen numerosas escenas de la vida agrícola relacionada con los meses del año, incluyendo las de la viña y el vino; la escultura de la Escuela de Benedetto Antelami de la catedral de Ferrara, del siglo XIII, y el Códice de Alfonso X el Sabio, entre muchos otros. Aunque probablemente, una de las más acertadas representaciones sobre el tema, sea el conjunto de escenas reflejadas en la arquivolta de la portada existente en la iglesia de Beleña de Sorbe, acaso el mensario o calendario agrícola más perfecto y bello del románico español. En este último, los meses de septiembre y octubre están dedicados al laboreo de la vid, y mientras en septiembre el campesino corta y deposita los racimos en un cesto, en octubre se muestra realizando el trasiego de vino de un odre a un tonel.

Y es que, aunque la vid no representaba como los cereales un alimento de primera necesidad, difícilmente podría concebirse la vida de la época sin el vino. Aunque la sidra y la cerveza tuvieran su clientela en según qué zonas.

EL BUENO Y MAL VINO

En otra ocasión, Juan Ruiz se muestra gran conocedor de los vinos de la Península, pues cita el vino de Toro, que por entonces gozaba de gran fama, para ponderar la exquisitez del amor con las monjas, y más concretamente con Doña Garoza: { “…E aún vos diré al de quanto ý aprendí: do an vino de Toro, no enbían valadí…”.} Éste es el vino tan caro a La Celestina, y cuyo color compara Góngora al del rubí. Lope y Tirso le conceden grandes virtudes, aunque otros comentaristas le rebajan sus méritos, pero este vino zamorano además de su mayor densidad y su alta riqueza alcohólica, se caracteriza por su recio color. No obstante, Quevedo en algún lugar habla de un vino blanco de Toro. Las supuestas cualidades de este vino se reflejan en el refranero: {“Tomando vino de Toro, más que comer, devoro”. “El vino de Toro es oro, aunque prieto como moro”. } Por otra parte, el elogio de las monjas como amantes está fundado en la realidad de las costumbres de este tiempo, aunque los moralistas lo consideraban incestuoso. Sin embargo, la naturaleza de estos amores -su esmero en la preparación de dulces y confituras, o sus buenas maneras, entre otras virtudes-, hacen que todo lo que las rodea sea exaltado hasta afirmar: {“…Quien a monjas non ama non vale un maravedí”.}

En sus frecuentes referencias al vino, Juan Ruiz satirizará los excesos en el consumo de éste, aunque también aconsejará su ingestión, siempre que lo sea de forma moderada. Pero el vino en exceso puede enfurecer y cambiar el carácter. De ahí las recomendaciones de Don Amor al Arcipreste en el transcurso del debate que mantienen. Será al principio de éste, cuando el protagonista se describa “sañudo e no con vino”, para mostrar que su cólera no se debe a la embriaguez, sino a los continuos fracasos amorosos. Con un genial juego de palabras prepara la situación, para dar paso al ataque contra el amor. Tras escuchar las airadas invectivas del Arcipreste, el dios Amor le da respuesta en forma de preceptiva amorosa. Inspirado en el Ars amatoria de Ovidio y en De arte honeste amandi de Andreas Capellanus (finales del s. XIII), Juan Ruiz ofrece unas reglas de moral y urbanidad, junto con la teoría del amor cortés en la que, a su vez, tienen cabida aspectos de la mentalidad burguesa del siglo XIV. En líneas generales le aconseja mesura, leer a Ovidio, distinguir entre las damas y las que no lo son, …; pero, sobre todo, insistirá en las cualidades y virtudes que ha de tener el amante para conservar a la amada. Entre otras cualidades, no ha de ser perezoso, lo que ilustra con el divertido cuento de los dos perezosos; deberá ser generoso y servicial; seguir a la amada asiduamente -no como don Pitas Payas- y, sobre todo, tener buenas costumbres, como no beber vino en exceso, ni blanco ni tinto.

En estos consejos, Juan Ruiz se distancia de las canciones de taberna -los “goliardos”- por la condena del vino y del juego. De los Carmina Burana: {“…Cuando estamos en la taberna, nada nos preocupa la muerte; en el juego nos concentramos y al juego, sin cesar, nos dedicamos… Allí nadie teme a la muerte, todos a Baco confían su suerte. Primero se bebe por el precio del vino -por éste beben los libertinos-; se brinda la segunda vez por los cautivos, después por todos los vivos; la cuarta por los cristianos todos, la quinta por los fieles difuntos, el sexto brindis va por las mujeres casquivanas, el séptimo por los caballeros asilvestrados… Tanto por el papa como por el rey beben todos sin orden ni ley. Bebe el ama y bebe el amo, bebe el caballero, bebe el clérigo, bebe éste, bebe aquélla, bebe el siervo con la sierva, bebe el diligente, bebe el perezoso, bebe el blanco, bebe el negro, bebe el constante y bebe el vago, bebe el ignorante y bebe el sabio.

Beben el pobre y el enfermo, beben el loco y el ignoto, beben el niño y el anciano, beben el obispo y el decano, beben la hermana y el hermano, bebe la vieja, bebe la madre, bebe ésta, bebe aquél, beben cien, beben mil…”. Pero El Ciego de Tudela demuestra con estos veros, que el vino puede ser tan amado por cristianos como por musulmanes: “… Con los nocherniegos y los guardianes a un figón cristiano vine a llegarme. Rápida una moza nos trajo el vino cortés musitando: “Sed bienvenidos”. “Tabernera amable -dije a la hermosa- ¿entra en vuestros usos beber en copa?” Mal no veo en ello -me dijo-. Es cosa que por tradiciones muy venerables hicieron prelados y sabios graves…”.} Para Américo Castro la diatriba contra el vino es influencia islámica, pero Corominas puntualiza que la sobriedad en la vida real es costumbre mediterránea, frente a los excesos en el beber de nórdicos y centroeuropeos. La argumentación del Arcipreste comienza con unas referencias bíblicas, concretamente el caso de las dos hijas de Lot que, después de embriagarlo, conciben de él.

A continuación relata las tentaciones del diablo a un ermitaño que no sabía qué era el vino, y que se condena por sus malos consejos. {“…Descubrió con el vino cuánto mal avya fecho: fue justiçiado, como era derecho, perdió cuerpo e alma el cuytado maltrecho: en el beber de más yaz todo mal provecho”.} Tras esta sentencia, describe con gran realismo los efectos negativos que produce el vino. Algunos críticos han sugerido, que este minucioso conocimiento permite suponer que Juan Ruiz vivió un ambiente universitario pleno, como el de Toledo, con independencia de que su modelo latino sea aquí De contemptu Mundi, de Inocencio III, o la obra del siglo XIII, Secretum secretorum. Los efectos que produce el vino consumido en exceso, que a continuación reproducimos, son suficientemente ilustrativos: {“Faze perder la vista e acortar la vida, tira la fuerça toda si s’toma sin medida, faze tenblar los mienbros, todo seso olvida: ado es el mucho vino, toda cosa es perdida. Faze oler el huelgo, que es tacha muy mala uele muy mal la boca, non ay cosas que l’valga; quema las assaduras, el fígado trascala: si amar quieres dueña, el vino no te incala. Los omnes enbriagos aína envejeçen, en su color non andan, sécanse e enmagresçen, fazen muchas vilezas, todos los aborresçen: a Dios lo yerran mucho, del mundo desfalleçen. Ado más puja el vino qu’el seso dos meajas, fazen roído los beudos como puercos e grajas; por ende vienen muertes, contiendas e barajas: el mucho vino es bueno en cubas e en tinajas”. } No renuncia el Arcipreste a sus bondades, pues bebido con moderación, es beneficioso para el organismo. He ahí la “paradoja francesa”, y el reciente descubrimiento del Resveratrol: {“… Es el vino muy bueno en su mesma natura, muchas bondades tiene si s’toma con mesura; al que demás lo beve, sácalo de cordura: toda maldat del mundo faze e toda locura”.} Citaremos por último en este apartado de los defectos que acarrea el consumo desmesurado de vino, el retrato moral que hace de “Don Furón”, conseguido a base de una acumulación de vicios que reproduce un esquema humorístico de origen popular. Este nuevo mandadero acumula “catorce cosas”, entre las que figura ser beodo. Con gran humor e ironía enumera estos defectos: {“…Era mintroso, bebdo, ladrón e mesturero, tahúr, peleador, goloso, refertero, reñidor e adevino, suzio e agorero, nesçio e pereçoso: tal es mi escudero”.}

CONCLUSIÓN

Recibimos una magnífica lección de nuestro Arcipreste, con respecto a una sociedad inmersa en una gran crisis de valores, atacada por dos grandes vicios en el uso y abuso del amor, y en el de la bebida. Sobre esos abusos pretende el Arcipreste alertar, con una actitud de gran observador de la realidad, cuya obra tiene una importante valor documental, por cuanto nos habla de las costumbres de los clérigos, adornos de las mujeres, costumbres de los judíos, y desde luego, la elaboración, crianza y consumo moderado del vino. Que el vino alegra el corazón del hombre, ya lo decía la Biblia. Y que el vino que se bebe con medida, jamás fue causa de daño alguno, ya lo afirmaba Cervantes. Prudencia y mesura, pues, en su consumo, viene a ser el consejo supremo del Arcipreste. Porque, en palabras de Apuleyo, el primer vaso corresponde a la sed; el segundo a la alegría; el tercero al placer, y el cuarto a la insensatez. Y es que, quizá la templanza del hombre se caracterice, fundamentalmente, por la sabiduría en el buen amar y el buen beber. {(Continuará).}

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